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martes, 15 de octubre de 2013

La cruda realidad.

Pues no se me ocurre que poner, así que dentro relato!!!

La cruda realidad.

Cora sabía muy bien que quien tenía el dinero y la fama, tenía el poder.
Lo supo en el momento en que su marido fue pillado poniéndole los cuernos y alegó nosecuántas barbaridades sobre ella.
Lo supo cuando ella interpuso demanda de divorcio y custodia y, a pesar de las pruebas, fallaron en favor de Kevin.
Y más lo supo cuando este, a pesar de que había ignorado a sus hijos durante años, exigió quedarse con la custodia. Todos se negaron a quedarse con su padre y los cuatro huyeron por todo el país, tratando de permanecer juntos hasta el final.

Ahora, rodeada de la policía, con cientos de pistolas apuntando y disparándola, la expresión triunfal de su ex, con los gritos de sus pequeños rogando por su vida, Cora tuvo una verdadera certeza de que quien tenía el dinero y la fama, tenía el poder. A ella solo le quedaba desangrarse en el suelo, deseando que sus niños no vieran su cadáver.

jueves, 15 de agosto de 2013

Una maleta llena de recuerdos

Como podéis ver, he decidido cambiar un poco el diseño del blog y la cabecera. llevaba tanto tiempo con el mismo que ya tocaba ^_^. como mañana me marcho, he dejado eta entrada programada y aviso que no comentaré hasta la vuelta (que me voy unos dillas), además de que, seguramente, me toque ponerme de nuevo con correcciones y demás ^_^. este relato es más típico, pero no había forma de que se me ocurriera algo diferente para el taller. Venga, besotes ^_^.

Una maleta de recuerdos.

A la habitación de Milana Calamita acudían todo tipo de personas cada semana. Era el lugar más concurrido de toda la residencia de ancianos Prado Soleado. Venidos de todas partes del mundo, se sentaban alrededor de la mujer y mirando unas fotos que seguía reconociendo, a pesar de no acordarse de quién iba a visitarle:
—Ay, ¿cómo decías que te llamas, precioso? —preguntaba siempre a los visitantes con unos ojos claros y brillantes.
La doctora Ortiz entraba y si alguno le preguntaba por su diagnóstico, seguía las instrucciones pertinentes. Pero los visitantes volvían siempre aunque esa mujer pudiera reconocerles como los herederos de los personajes de las imágenes que guardaba dentro de una maleta vieja. Siempre seguía el mismo patrón:
—Ay, ¿cómo decías que te llamabas, precioso? —decía al joven agarrándole de la mano.
La persona respondía una o las veces que hiciera falta.
—Ah, sí. Es que te parecerá extraño, pero me recordabas a un viejo amigo… —comentaba.
A veces era un amante, un antigua pareja, un enemigo… no necesariamente de sexo masculino, pero solían ser los que más. Milana había sido muy guapa en sus tiempos mozos y había afirmado en más de una ocasión, que había traído a muchos por la calle de la amargura.

Desde hacía unos meses recibía la visita de dos mujeres de mediana edad, muy parecidas y de expresión cansada. La doctora Ortiz veía como las esperaba con impaciencia y, cuando se iban, su rostro alegre se apagaba:
—Milana —decidió abordarla—, ¿quieres que les pidan que no vuelvas? Puedo…
—No, no es culpa de ellas —comentaba la anciana con calma—. Es una vieja historia que sigue doliéndome como si fuera ayer.
—¿Ni a ellas les vas a decir que realmente no tienes Alzheimer? —preguntó la doctora.
—No, prefiero que los jóvenes crean que aquí es en el único lugar donde me pueden ayudar —comentó tomando una hoja de papel y doblándola—. Me gusta estar aquí. Además, no he vivido toda una vida de independencia para acabar teniendo que ser una carga para los hijos de mi pasado.
Ambas callaban y dejaba que la mujer se dedicara a hacer origami, aunque no le saliera bien.

***

Las causantes de ese estado eran las hermanas Urrutia, hijas de Ramón y Gracia Vera. El primero fue el peculiar iniciador de esta historia, pero no el que la acabó. De ser así, ambas mujeres sabían que habría tenido otro final bien distinto.
Cuando volvían de ver a la señora Calamita, las dos mujeres se separaban, supuestamente para volver a sus vidas. Pero la pequeña, Lita, siempre acababa volviendo una y otra vez al cementerio donde descansaba su padre y su madre. Se sentaba en su tumba, de espaldas a él y lloraba sin girarse ninguna vez, como si fuera realmente su padre allí presente. Daba igual que compartiera el sepulcro con su mujer, ella solo podía ver la traición de su padre.
Su madre había muerto dos años antes y el hombre se fue meses atrás, seguramente cansado de vivir. Ramón jamás había sido un buen padre, no malo, pero Lita supo que si se casaba, no deseaba estar con un hombre tan ausente. Vivía ajeno a lo que le rodeaba, mirando sin ver a sus hijas y sus logros. Trabajó y siempre hubo un plato en la mesa, pero pronto las chiquillas supieron que era estúpido establecer lazos con él. Era un ser gris y anodino que jamás dudaba en comentar entre dientes cuando veía a sus hijas:
—No debería haber sido así.
En cambio, su madre era un torbellino de felicidad y energía. Alguien que no era difícil querer y adorar por encima de todas las cosas. Incluso en los últimos momentos de su enfermedad. Solo cuidaron de Ramón porque fue el último deseo de su mujer Gracia.
La historia de cómo dieron con Milana no era muy diferente al de otras familias que descubren la verdad sobre sus difuntos: un objeto olvidado y delator, puede que una carta, una fotografía… ¿qué más daba? De la misma forma que tampoco les llevó demasiado contratar a un detective y diera con aquella mujer.
Comida por el alzheimer, no solía recordar los nombres, pero era una fisonomista nata al encontrar las herencias genéticas de sus pasados. Para sorpresa de ambas Urrutia, no habló de su padre, sino de su madre:
—Me recordáis a la mujer más guapa que jamás conocí., Gracia —decía con expresión soñadora.
Qué peculiar doble vida llevó aquella mujer. Enamorada de un hombre casado, decidió que debía saber si hacía bien o no fugándose con él, como le había pedido.
—Estaba tan enamorado de mí, siempre decía que las cosas debían ser de otra manera: sus hijas debían tener mi sangre, deberíamos vivir juntos en Italia, lejos de todo… Sabía que deseaba volver al hogar de mi infancia. —Podía escuchar a esa mujer, en otros tiempos un bellezón como pocos, relatar con dulzura aquella historia.
Pero el asunto tomaba un giro inesperado: la amistad de Gracia y de Milana que no acabó como debería:
—¿Qué me importaba ya aquel estúpido hombre, si me había enamorado de su mujer? —Los ojos ancianos brillaron de dolor cuando dijo aquello, sollozando de pena—. Perdona, ¿cómo decías que te llamabas, bonita?
Milana jamás supo de los sentimientos de Gracia, si es que había algo más allá de una amistad. Lo único que quedaba claro, es que fugarse en secreto con una mujer no entraba en sus planes: solo quedarse, trabajar y darles a sus hijas la vida que merecían. Solo por eso, por esa fuerza y ese amor que nadie podía jamás alcanzar, Milana Calamita desapareció de la vida de sus padres sin dejar rastro y, si bien uno se hundió y jamás volvió a ser una persona normal, la otra jamás acusó el golpe o así lo vieron las dos hermanas.

Ahora, Lita Urrutia lloraba en la tumba de su padre sin saber por quién sentía pena: si por Milana porque jamás olvidó a su madre; por Ramón, que hasta el último momento pensó que su vida debería haber sido más feliz, aunque en el camino hizo la vida de su familia miserable… o por Gracia,  la que en verdad no pudo conocer y ya no sabía si algún día lo lograría. Ahora quería volver a casa, jugar con sus niñas, besar a  ese marido que adoraba y volver a su vida.

jueves, 1 de agosto de 2013

Je ne regrette rien

Y aquí tenemos el tercer experimento del taller literario, que esta vez combiné la imagen y la canción. ¿El problema? Seguiré sin poder corregir mucho, dado que ahora me toca ponerme con trabajo acumulado tras estar con "el Reino Eterno" (tres relatos como poco y una nueva ampliación de novela). No, si lo que es descansar, este no va a ser ese verano :P 

Edith observó al grupito de niñas que había entrado en el lujoso apartamento con cansancio. Ellas, en cambio, se giraron a la mujer ya madura y le dedicaron una mirada de seguridad y maliciosa.
—Ella es Edith, es la más antigua amiga de Derek y una dulce abuelita para todos —la presentó Shanon a las otras muchachas, que no dudaron en endurecer sus expresiones—. Derek la mantiene porque la adora como la madre que nunca tuvo.
La mujer alzó las cejas y se acercó a la ventana del loft. Se apoyó con suavidad y no pudo evitar mirar las arruguitas de su rostro. Se sonrió, realmente no le disgustaban, pero cada vez eran más y no por la edad, Derek se había asegurado de que no tuviera que sufrir las inclemencias del tiempo. Sin embargo… se sentía tan cansada de fingir y dar apariencia de ser una amante más, que le agotaba.
La habitación rugió de emoción al ver al anfitrión entrar tan joven y hermoso como siempre. Comenzaron los cuchicheos sobre sí era solo un mago o un perverso demonio, mientras las jovencitas se lanzaban por él como lobas en celo. No era para menos: el pelo y los ojos oscuros, así como la piel tostada, daban una sensación de misterio, que se acrecentaba con los rasgos varoniles y el cuerpo escultural. Y cuando sonreía de verdad y no con esa falsa mueca, el mundo se volvía brillante para Edith. Miró su zumo de naranja e ignoró que esa copia de su marido comenzara a manosear a las muchachas.
—¿No preferiría algo más fuerte, dama Edith? —preguntó n jovencito de rostro angelical a su lado—. Algo que le haga disfrutar de la fiesta como es debido.
Al ver su sonrisa, supo que era la identidad que había adoptado Derek para estar con ella como realmente deseaba. En el mundo oscuro y mágico de nueva York, todos necesitaban aparentar y seguir con sus juegos.
—No me apetece disfrutar de la fiesta, sinceramente —.reconoció enfadada. No había tenido tiempo a hablar con Derek como realmente deseaba—. Creo que no estoy de humor tampoco para jueguecitos.
—Qué curioso, siempre había escuchado que estabas con ganas de pasártelo bien —prosiguió su marido, tratando de continuar el juego, mientras que con sus ojos preguntaba qué ocurría.
--Edith, querida —saludó Morgana, una de las habituales y de las pocas que podía considerar una amiga—. Preciosa, ¿qué haces que no has dejado ya al botarate de Derek y te vienes conmigo? Si fueras mi seguidora, jamás dejaría que cualquier niño se te acercarse.
Siempre se le insinuaba, pero al ver su expresión preocupada, miró a su marido fingiendo ser otra persona y aquel antro de falsedad. Nadie se preocupaba abiertamente por los otros, jamás se mostraba lo que había tras las máscaras y se fingía un desenfreno y amoralidad que solo era verdad en los humanos. Morgana fingía ser una vampiresa sin escrúpulos y que solo vivía llevada por el éxtasis del sexo mezclado con la sangre de muchachas jovencitas, cuando ella llevaba siglos con la misma pareja y prefería ver las reposiciones de “Falcon Crest”, en vez de presentarse en esas estúpidas fiestas; Derek era fanático de los museos y de la buena lectura… y si seguía señalando a aquellos a los que había llegado a conocer y apreciar en sus casi cien años de existencia, tendría una fachada decadente en contra de la persona que se escondía tras ella. Los más cercanos sabían la verdad tras las mentiras, siendo capaces de cubrirse unos a otros, pero siempre sin que se notase.
—Esto es una casa de locos —se quejó ella a punto de echarse a llorar. No debía quebrar la máscara o alguna de las niñas lo usaría en su contra.
—Edith, me preocupas, si lo deseas… —comentó Morgana, acercándose a ella y fingiendo que trataba de seducirla—. ¿Qué te ocurre? Sabes que Derek debe hacer estos actos o sus enemigos.
—Pues que se quede con sus enemigos, yo ya no puedo más —se quejó ella zafándose tanto de su falso ligue como de la vampiresa.
Se encerró en su cuarto y se echó a llorar como una niña, acariciando su vientre. Le era prácticamente imposible decirle a su marido que estaba embarazada, que aunque sabían que ella era estéril, se había producido el milagro. No podía porque la acabarían atacando y matando, porque usarían a su criatura para llegar al padre y ella ya no podía fingir más. Porque esos juegos eran divertidos durante un tiempo, ahora solo causaban tanto dolor como para sentir su corazón quebrarse irremediablemente un poco más. A veces era tal su sufrimiento, que a cada latido se expandía, cortando sus venas y arterias por dentro.
Se metió en la ducha, deseando no volver a salir en años, mientras las paredes retumbaban delicadamente por la música estruendosa. Acariciándose el vientre y preguntándose qué hacer, llegando siempre a la misma solución: o abortaba y seguía con aquella farsa o tendría que abandonar a Derek de una vez.
Volvió a su cuarto y encima de la cama se encontró una manzana de oro. Deseó salir fuera y tirársela a Derek a la cabeza, pero era incapaz de no enternecerse con ese gesto. Edith le vendió su alma a su marido para librarse de su primer esposo: un cabrón que no dudaba en golpearla todas las noches, provocando más de un aborto y dejándola estéril. En aquellos tiempos, solía usar esas piezas de fruta para comunicarse con sus clientes. Siete deseos por su alma y un mordisco a la manzana para conseguirlos. Casi era capaz de recordar lo mucho que le costó acabársela deseando descubrir si él podía quererla más allá del contrato. Dijo que lo rompería si accedía a pasar la eternidad a su lado.
No pudo evitar morderla, de la misma forma que tampoco pudo evitar ahogarse y caer al suelo inconsciente.

***

Derek decidió no cambiar de aspecto mientras Morgana le daba una charla sobre cómo cuidar a sus amantes mortales:
—Sabes que este estilo de vida es agotador para ellos. Necesitan mucha seguridad —recitaba lo que ambos se sabían muy bien de memoria.
Lo cierto era que tenía que darle la razón a su mujer: aquello era una maldita casa llena de locos. Seres mortales que trataban de arañar unos instantes de poder vendiendo sus míseras almas. Cerró los ojos, se aisló del mundo y recordó cuando conoció a Edith. Un club clandestino de los años veinte donde ella cantaba con una voz rota y amarga, pero tan maravillosa y llena de posibilidades… capaz de mostrar un alma mucho más hermosa de lo que recordaba haber visto nunca. Ese mamón golpeándola, pero ella apareciendo cada noche ante su público y el humo de los cigarrillos con los restos de su corazón amontonados de tal forma, que pareciera que seguían de una pieza.
Aceptó no tener descendencia por estar a su lado, que su vida cambiara, pero no que pudieran ver que ella era demasiado importante. A veces deseaba quemar la casa, fingir su muerte y desaparecer para siempre.

Morgana se había marchado a hablar con Edith, pero cuando escuchó su gritó, se levantó llegando al mismo tiempo que aquella estúpida copia que había creado. El mundo se detuvo cuando vio a su mujer en el suelo, protegiéndose el vientre con las manos… muerta. Dentro podía escuchar un alma debatiéndose por existir, aguantando aunque el cuerpo de su madre solo fuera una tumba de carne. Era aquella pequeña criatura por lo que ella estaba así, por quien ya no podía seguir fingiendo.
Escuchó a un grupo de niñas riéndose con crueldad, diciendo que era mejor eliminar las molestias y no pensó. No recordaba que estaba con su disfraz, dispuesto a seducir  a Edith. Pero sonrió cuando les arrancó la juventud de su cuerpo, introduciendo su alma y robándoles la vida. Cuando ante él quedó un grupo de cinco ancianas y alrededor, un montón de extraños que huyeron despavoridos al ver la verdadera naturaleza de su parte demoníaca. En cambio, Morgana permaneció, preguntándole qué iba a hacer:
—Lo que debí hacer años atrás —dijo soltando la esencia de aquellas brujas encima de su mujer, escuchando como la vida volvía a su maltrecho cuerpo—. Quemar mi vida.

***

Morgana Kraus huyó de la casa de su amigo Derek Hoffman años atrás, cuando este se dejó llevar por el dolor de la pérdida de su mascota favorita. El edificio fue completamente consumido y del demonio nunca más se supo. Todos pensaros que había muerto.
Diez años y seguía preparándose para las mismas fiestas, mientras Clara Kraus se preparaba la cena y canturreaba algo que solo ella entendía. Se miró al espejo, deslumbrada ante su preciosa imagen, pero no fue nada al ver a su mujer, con un rostro envejecido, pero feliz, entrando para darle un paquete.
—Ha llegado hoy, no tiene remitente —le comentó con una sonrisa—. ¿Seguro que no quieres que te saque una bolsa de A positivo?
Clara se fue sin esperar respuesta, mientras, Morgana abrió el paquete y miró las fotos que había en ella: una pareja sonriendo sosteniendo a una niña pequeña y preciosa, que no dejaba de iluminar con su gesto a la cámara. En las fotografías se podía ver cómo crecía, convirtiéndose de un bebé precioso a  una niña feliz completamente parecida a su madre antes de que Derek le cambiara la cara. Porque solo con mirar a los ojos de esas personas, supo que la historia había tenido un final mucho mejor de lo que había esperado.

La vampiresa se miró al espejo: su imagen, antes hermosa, ahora era vacía y borrosa. Volvió a mirar las fotografías y supo que tenía que hacer su vida arder. Ya renacerían en otro lugar y volverían a ser felices lejos de la falsedad del mundo mágico.

lunes, 15 de julio de 2013

Los flautistas de Springhill

Venga, un nuevo relato y, como siempre, exigiendo que sea más tocho... no me fastidies XD. Lo haré más largo y más de terror (y evitaré que me domine y acabe siendo una novela... no lo creo XD). El segundo relato del taller.

Los flautistas de Springhill

La sangre se escurría por la cara de Alain despacio, regodeándose al sentir el asco del joven. Sentía el cuerpo de Kyra encima del suyo, tan quieto y con la misma desesperación por aparentar estar muerta, aparentando que había sido asesinada protegiendo al joven. Los pasos resonaron por todo el pasillo donde estaban tirados, rodeados de cadáveres de sus compañeros.
—¡Vamos a ver quién es el siguiente al que le vuele la cabeza! —gritó Brian con una sonrisa—. ¡Vamos! ¿No queda nadie vivo?
Los dos jóvenes mantuvieron sus disfraces, sabiendo que les estaban buscando con ahínco para matarles. A ella porque se había negado a ir a la misma universidad que Coral, su supuesta mejor amiga. A él por maricón, como siempre le recordaban.
Siempre habían sido los segundones, los que están tras las sombras de sus líderes y habrían seguido así durante toda su vida sino hubieran escuchado la música de los flautistas. En verdad, todos habrían seguido con la gran farsa que eran sus vidas, si los flautistas no hubieran intervenido.
—Joder, pero sí están aquí —dijo Becca al apartar el cadáver de algunos compañeros que habían usado para ocultarse. Los dos jóvenes dejaron de respirar y casi quisieron parar sus corazones—. Esto no les va a gustar a Jeff y Coral.
—Yo no veo tan claro que estén muertos —comentó Brian agachándose, seguramente para tomarles el pulso, si es que sabía.
—Si tienen las tripas por fuera y no estamos tan bien de municiones. Venga, sigamos vigilando los pasillos, no sea que entre alguien de la masa de perdedores.
—Joder, no entiendo por qué no nos los cargamos desde las ventanas. Están ahí parados, mirándonos como una panda de zombis y sonriendo —replicó su compañero mientras se alejaban.
—¿Nos movemos? —preguntó Kyra en un susurro y el negó—. No podremos aguantar mucho aquí.
Alain lo sabía, pero tenían que pensar muy bien lo que hacer antes de moverse. Tenían que armarse o librarse de Brian, antes de que decidiera disparar a y nos supuestos cadáveres.

El fenómeno de los flautistas se dio a conocer más o menos al inicio de ese último año en el instituto. Eran una secta que aseguraba ser  capaz de controlar a la mente de las personas con la música y que crearían un mundo mejor, porque les obligarían a hacer aquello que les hicieran felices. Alain era capaz de escucharles ahora tocando para las a hordas del exterior, que se preparaban para atacarles y acabar con ellos; sentía como sus melodías le trataban de convencer para abrir la puerta y que le darían lo que más deseaba. Nadie podía darle eso, salvo Linus. A fin de cuentas ¿quién podía culparles de querer acabar con los cabrones que les torturaron durante toda la adolescencia? Puede que él solo hubiera sido un testigo mudo de todo aquello, pero eso no le quitaba su responsabilidad, como bien le apuntó Linus en varias ocasiones.

Escucharon pasos y volvieron a dejar de respirar. Brian estaba delante de ellos, casi podía oler su after shave.
—Pues parecen vivos…. —murmuró no muy seguro de sí y se marchó.

La verdad es que al principio poco le preocupaba a Alain todas aquellas cosas. Bastante tenía con soportar la condescendencia y burlas de sus amigos y sus padres, además de tratar de ganarse una buena beca para alejarse lo más rápidamente que pudiera de Sprinhill.
Tenía las notas para una parte de la beca y las habilidades con el baloncesto suficientes para otra parte. Tendría que trabajar porque sus padres le creían un inútil como para poder estudiar y lo reservaban para la estúpida de su hermana pequeña Lizzy; ella sacaba peores notas, pero la querían… y a él le culpaban de estar casi arruinados. Siempre les decían a sus visitas en la enorme mansión que tenían en el mejor barrio del pueblo, que si él trajera mejores notas, lo dejarían estudiar en cualquier parte. Claro estaba que ayudarían a su hija, que era más capaz y no, tenían suficiente dinero para los dos, pero deseaban invertirlo como se merecía.
Todo por no estar en un deporte que les gustase más, no ser el capitán y no ser el número uno. Algo que le llevó a tener muchos problemas mentales  y que ahora solo trataba de ser el mejor para poder escapar. Tal y como deseaba hacer Kyra, su novia de tapadillo y con la única persona que salía todo lo que podía, porque su vida social se había reducido al máximo al tener que trabajar y ahorrar todo lo que podía. No le interesaba nadie, pero con ella se sentía feliz y a gusto y ella podía hacer lo mismo. Eran unos tontos que no deseaban que se hablara de ellos y fingían lo que no había, pero que se querían como sus familias y amigos no eran capaces de hacer.
Veían  películas antiguas y las comentaban con una buena tanda de chucherías en la casa de uno de los vecinos de Kyra. Así nadie les achacaría las calorías ni que perdieran el tiempo. No les recordarían que eran unos segundones fracasados.

Por lo que cuando en los primeros exámenes se vio suspendiendo Literatura y Artes, supo que debía hacer algo rápido o se quedaría en Springhill. Habló con los profesores, tutores y hasta con todos los miembros de la secretaría para buscar una solución y la única que le ofrecieron era que un capullo de su clase le diera clases: Linus Hoffman. Que era un tipo casi tan algo como él y un poco más delgado. Era un puto cuervo con los ojos, el pelo y las ropas negras, pálido como si estuviera enfermo y con un piercing en la lengua y un aro en la ceja. Todas las chicas decían que era guapo y misterioso… y Alain tuvo que darle la razón a Kyra cuando insistió.
—Oye, si está libre, me lo presentas —pidió ella lanzándole unas palomitas a la cara.
—Ni hablar, ¿quién sería mi novia falsa entonces? Además, es un freak, tendrías a Coral detrás de ti hasta que cortases con él como hizo con Stephan —le recordó Alain con pena y ella asintió con pena al recordar a su primer amor.
Por lo que no esperaba mucho de aquella situación con Linus, pero se equivocó.

Escucharon los pasos de Brian acercándose de Brian volviendo. Apenas había pasado unos momentos minutos y le escuchaban moverse a su alrededor como un animal carroñero.
—Debería volarte esa cara de guapito de cara que tienes. Llevo años deseando hacerlo por tus gilipolleces…
Pero escucharon que Becca le llamaba, que habían entrado los zombis a la pista de baile y les necesitaban. Brian se fue, pero Alain y Kyra aguantaron allí, no iban a levantar su campamento hasta que no estuvieran seguros de que estaban a salvo.

Linus era un gran tío en todos los aspectos. Realmente le gustaba lo que hacía y era un artista envidiable con el violín y componiendo canciones; cuando él tocaba, parecía que la música hablase directamente a tu alma. Deseaba entrar en la universidad de Yale para estudiar música; al mismo lugar que Alain. Les gustaban los mismos grupos, las mismas películas, novelas… En carácter eran parecidos, pero Linus era más optimista.
—Puedes serlo, tú sabes que tienes el futuro asegurado. Yo necesito mejorar mis notas o me quedaré aquí —se quejaba Alain furioso.
—Haré todo lo posible para que me vengas a joder los ligues a Yale, palabra —bromeaba el joven dándole un golpe en la espalda y haciendo que su estudiante sintiera que le ardía el cuerpo.
Kyra decían que eran almas gemelas y Alain trataba de negarse, alegando lo obvio: eran tíos, esas cosas solo ocurren entre los heteros. No podía decir que tuviera una buena concepción de su propia realidad.
Le habría encantado seguir con la cantinela durante todo aquel año, pero no pudo. No fue por aquella vez que Linus tuvo que ducharse en casa porque en la suya se había roto la calefacción y, al verle desnudo por casualidad, no dejó de pensar durante semanas en ellos follando como locos. Ahí tuvo que reconocer que tal vez era más gay de lo que había querido admitir, pero con unos buenos trabajos manuales, podría librarse. Seguramente fuera por no catar carne, nada más.
Lo que le hizo saber que no podía seguir más tiempo así, fue dos días antes de las vacaciones de navidad. Alain había removido cielo y tierra para conseguir una copia del guion de “El Cuervo” firmada por Brandon Lee, su película favorita. Le costó un dinero que necesitaba, pero se sintió feliz de poderle dar ese regalo a Linus:
—Yo… mi regalo es una mierda comparado con esto —explicó el gótico—. Solo te he compuesto una canción y todavía no está acabada. Mañana podré dártela cuando tengamos la clase.
—¿Una canción para mí? Mola —consiguió decir Alain y siguieron a lo suyo.
No sabía cómo decirle que le encantaba que quiera regalarle su música, que le hacía sentirse el primero en algo, como el propio Linus. Que eso significaba mucho para él… y fue al mirarse de casualidad y sonreírse para animarse a acabar. Ese gesto y la expresión de sus ojos hizo que Alain se diera cuenta de que estaba enamorado de Linus y que ya n podía ni engañarse ni dejarle escapar. Fue a decirle algo, pero el gótico se marchó antes de que pudiera hablarle como le hubiera gustado.
Por suerte, Alain pudo atreverse a citarle a la hora de la comida tras las gradas. Ya tenía lo más difícil hecho, solo tenía que lanzarse.

Brian volvió y, por el olor, empapado de sangre. Los dos amigos agarraron los miembros amputados por las balas de dos de las víctimas. Estaban dispuestos a atacar.
—Esto es culpa tuya y del maricón de tu novio —dijo el joven.
Kyra y Alain le arrojaron los brazos y se lanzaron para quitarle el arma; fue demasiado rápido y fragmentado. Esta se disparó causando un ruido ensordecedor y que la sangre de Brian y su gesto agónico les empapase por completo. Kyra tomó el arma, dado que sabía disparar y ambos salieron corriendo por el lado opuesto del pasillo por dónde venían los gritos de la muchedumbre pidiendo sangre.

Casi podía recordar cómo al día siguiente de descubrir sus sentimientos trató de declararse sin mucho éxito. Dio mil vueltas hasta que su amigo serio:
—Venga, escúpelo de una vez y echa todo lo que tienes dentro —le retó.
Eso hizo que Alain cogiera su rostro y lo besara, usando la lengua como ariete para entrar en su boca. Cuando notó la humedad del otro y que se movía para corresponderle, llegaron los amigos de Alain.
Todo fue muy rápido: se recordaba haciendo que Linus se fuera de allí para que no le hicieran daño. La paliza y cómo llamaron a su casa para explicar lo ocurrido; la fuera de sus padres, lo que le golpearon sobre las marcas de sus antiguos amigos; como al día siguiente fue un campamento para curarle de su homosexualidad y cuando volvió, la desaparición del gótico; las miradas, el tratar de hacerle daño y que Kyra le protegió asegurando que ya estaba curado, ayudándole a mandar mensajes… cómo la mayor parte de los alumnos se negaba ir al baile de promoción por los atentados ocurridos a causa de los flautistas y cómo al final todo era una excusa para asaltar el instituto y matarles.

De las clases salieron personas tratando de huir de los demás alumnos, que les perseguían con una mirada perversa y una sonrisa de depredadores. Era el momento de su venganza. Mientras escuchaba cómo les disparaban por la espalda, creyó escuchar un violín tocando, recordándole que lo único que quería era seguir vivo y escapar a la universidad con el hombre al que quería.
Un fogonazo y Kyra gritó, cayendo a su espalda. Se giró para ayudarla a levantarse, pero tenía la pierna muy herida. Ella le pedía que huyera y Alain desobedeció, tapándola con su cuerpo y negándose a dejar atrás a su única amiga.
Se levantó a mirar al que fue su mayor rival y enemigo, Jeff, que le miraba con expresión fría y resuelta.
—Que te jodan, maricón —se despidió Jeff.
Pero por encima de todo y como lo más preciado que se llevaría a la tumba, recordaba como encerrado en su cuarto durante la noche, escuchó un violín en la calle tocando la canción más hermosa del mundo: la única capaz de decirle te amo y saber que era solo para él. Alain asomó para ver cómo Linus tocaba para él, sonriéndole de forma tan estúpida como él. Vio su gesto de horror y cómo cayó de espaldas cuando su padre le disparó en el hombro. Se oyó gritar y lanzarse por la ventana para impedirle que hiciera daño al gótico.

Otro fogonazo y por encima de él cayó la sangre de la cara de Jeff, muerto por el disparo de alguien a sus espaldas. Uno de los del equipo de ciencias, a los que casi le obligó a suicidarse.
A su alrededor se formó una turba que bailaba feliz por encima de los cadáveres de aquellos que les habían herido, mientras curaban a Kyra y levantaban a Alain como a su héroe. Le llevaron en volandas hasta un grupo vestido de negro: la orquesta del colegio. Pero por encima de todos y liderárnosles, estaba Linus, más terrible y oscuro que nunca. Parecía entregado a lo que su música hacía sentir a los demás… Aunque, en el momento en que los dos se miraron, su sonrisa fue la que pertenecía a Alain:
—Dime ¿qué era lo que realmente querías hacerme aquel día en las gradas? —preguntó acariciándole la cara con su mano callosa.
Iba a abalanzarse sobre él, borracho por la libertad que sentía su cuerpo, pero en vez de eso, solo pudo decir:
—Te amo —murmuró al borde del llanto.
—Y yo a ti —le respondió abrazándole—. Ahora haz conmigo lo que quieras.

Y en una fiesta de sangre y sexo, Alain se unió al nuevo orden del mundo.

lunes, 1 de julio de 2013

Comienzo de experimentos

Se me ocurrió apuntarme a un taller literario con más gente (lo organizó http://beliterature.blogspot.com.es/)  pero mi primer intento no ha sido muy fructífero. Creo que da para algo más largo y por eso no lo desarrollo como toca, pero al menos estoy cogiendo de nuevo más ritmo de relatos, que ya toca :P (también). Escogí la canción, pero esta me dio varias ideas, a ver si las desarrollo. Venga, disfrutadlo y nos leemos ^_^:

Casa encantada.

Desde que había muerto, Aeryn había tenido que aceptar muchas cosas. La primera y más indudable era que su vida se había acabado, lo cual le llevó a una depresión post-muerte como para quedarse encerrada en su tumba sin salir; que uno podía atravesar cosas hasta cierto punto, pero lo que era teleportarse y demás era una mentira, más de una vez deseó pasar al otro lado o irse a Hawái para huir de todo y se quedó encerrada en la caja de pino. Lo cual tampoco ayudó mucho, dado que cuando se sintió con fuerzas para salir, se encontró que habían pasado diez años y el mundo había seguido girando. Por lo que esa fue la segunda verdad que tuvo que ver. Esa y que su prometido estaba casado y con dos preciosos críos que le llamaban papá. Era lo que siempre habían deseado.
La tercera fue una verdad encontrada de casualidad y que tampoco le gustó demasiado: en el momento en que te cabreas, la cosa se puede poner muy fea y lo pagas con quien menos lo merece. Lo que ocurrió fue que Aeryn se enquistó en la casa de su ex-prometido, lo que vulgarmente se conoce como un Poltergueist, esos fantasmas perversos que no dejan vivir a los dueños de la casa dónde se quedan. Lo peor es que te metes en un bucle y acabas por olvidarte, de que no eras esa hija puta que se dedicaba a hacer crujir cada rincón de la casa para no dejar dormir a nadie y que cualquiera recuerda, en cualquier momento, que tú sigues ahí, tocando los cojones del personal.
Por olvidarte, te olvidas de hasta cómo se usaba una puerta para salir a la calle y ver que hay un mundo precioso ahí fuera. Es muy jodido olvidarte de algo tan básico, pero te olvidas hasta de cómo respirar, por lo que no debe ser tan extraño.

En fin, que era normal que la historia acabara de dos formas a su juicio: u ocurría una desgracia o la acababan exorcizando y no parecía algo muy agradable.
La tercera opción, y que nadie esperaba, era Raven: un aficionado a las artes oscuras muy mono, adorable y torpe, que la invocó por error. Realmente estaba tratando de llamar a un demonio acorde con la oscuridad de su alma. Por lo que quedaba eliminada una buena parte de la población oscura del mundo, submundo y plano de existencia. Por lo que tuvo que conformarse con una fantasma aturdida y amargada.
La aparición de Aeryn en la casa de Raven no entraba en los planes de nadie. Por lo que ninguno de los dos supo realmente muy bien qué hacer: él le lanzaba de cuando en cuando algún maleficio que no funcionaba nada bien; porque desear que un espíritu reviente y acabe encerrado en una pompa, se mire por donde se mire, no era un buen resultado. Aunque el pobre muchacho no daba mucho más de sí haciendo el mal, era un amor. La verdad es que era tan propenso a ser tan buena gente, que posiblemente se le habría dado muy bien la magia blanca.
 Aeryn tampoco estaba muy segura de qué hacer. Pasar de estar encerrada en una casa haciendo el mal a otra que no conocía y de la que no sabía cómo irse, porque como no se acordaba que, la puerta de la calle se podía utilizar para otra cosa que no fuera cerrarla de golpe. Además, era raro ver cómo se sucedían los inquilinos y el miedo a pasar a quedarse atascada en un lugar calmado. Así que solo interfería en la televisión, crujía mucho el suelo y abría los grifos para dejar mensajes que no acababan de salirle demasiado amenazadores como: “Estoy vigilándote”. Solo era para que supiera que estaba allí, tratando de recomponerse lo suficiente
Cuando Raven lo leía en el baño a punto de ducharse, sonreía de forma extraña, se enrojecía y decía que, ya puestos, pues quedaba invitada si le apetecía unirse a él en la ducha. Ella lo hacía tratando de molestarle con su gélida presencia, pero no se podía decir que hiciera mucho. No tenía nada en contra de él y eso complicaba poder vengarse.
Al final lo que trataba de hacerle era incordiarle a través de la música: Aeryn encendía la radio todo el día buscando las canciones más pop y alegres que se le ocurrían, como había hecho en vida. Pero a Raven no le disgustaba, si no que le hacía sentirse más acompañado. Por lo cual, los dos pasaban las horas del día molestándose el uno al otro con pequeñas cosas que, realmente, no molestaban tanto y llegaban a echar de menos si no las sentían.
Por lo que la cuarta aceptación que había tenido que hacer era, que mientras no recuerdes cómo usar la puerta de salida, te quedabas enquistada en un lugar, sin importar que te canses de este.
Aunque lo bueno de la quinta aceptación, es que podías encontrarte con alguien a  quien no le importaba tener un fantasma que se metía con él en la ducha, le ponía música pop y que hacía crujir cada rincón de la casa con saña, aunque fuera para relajarse.

Aeryn estaba preparándose para aprender los siguientes pasos de la aceptación, pero, mientras disfrutaba mirando un buen culo con la piel de gallina a pesar del agua cálida que recorría su piel.